Señoras bataclanas

Las protagonistas del Ballet 40-90 -compañía creada por Elsa Agras en 1996, ganadora del Premio Arte y Transformación Social 2017 del FNA- brillan sobre el escenario y relatan por qué bailar les cambia la vida. 

Ellas bailan...

Sadi se mueve al compás de un enganchado de Alta Tensión, pantalones pata de elefante, blusa estampado Pucci, colgante símbolo de la paz. Se ha quedado sola en medio del escenario y se contonea absorta, ajena a todo: baila consigo misma una danza autista mientras sus compañeras desparraman entusiasmo por los pasillos de la sala, animan al público a imitarlas.

Sadi tiene 86 años.


Ellas bailan...

Y entonces todo se transforma. Uno adquiere la certeza de que no hay límites salvo los autoimpuestos. De que todo es posible siempre que haya pasión. De que nada es más fuerte que la fuerza del deseo.

Apenas un rato antes, entre bambalinas, la excitación invade camarines y pasadizos del teatro: hay purpurinas, labiales, sombreros, tules y lentejuelas; ellas se apuran entre los percheros, caminan de un lado a otro, intercambian bromas, chismes, saludos y frente a los espejos, repiten la ceremonia de la metamorfosis: van a despojarse del traje de mujeres comunes y corrientes, cada una con su historia a cuestas, para vestirse de bataclanas y hermanarse en la cofradía del Ballet 40-90, la compañía creada por Elsa Agras en 1996,  ganadora de un premio del Concurso de Arte y Transformación Social 2017 del Fondo Nacional de las Artes.

Sentada en un rincón, Ilda, 79 años, está lista para salir a escena: bigotes postizos, traje negro, corbata a rayas. Cuenta que de niña bailaba en el patio de tierra de la casa donde nació, en Los Luna, Tucumán, las canciones de Antonio Tormo que escuchaba su padre.

A su lado, Marta se prueba una capelina negra con pluma y coquetea con un otro imaginario, solo ella sabe quién.

Gaby Goldberg, coreógrafa y directora, atraviesa el bullicio casi infantil anunciando: "¡En 10 minutos dan sala, chicas! ¡Hay que apurarse!"

Entonces Lolo dice que le subió la presión y algunas corren a la boletería a preguntar si hay un tensiómetro disponible. Lolo lamenta que no va a poder bailar justo hoy, que es la última función de 2017, el año en que las bataclanas y el ballet cumplen la mayoría de edad: los 21. Más tarde bailará varios de los 23 números del show y ya nadie se acordará de su hipertensión. Porque cuando ellas bailan, todo lo demás, no importa lo malo o triste que sea, pasa al olvido.

-En 2016, una cirugía que iba a ser simple casi me mata; estuve meses en terapia intensiva y después un año en silla de ruedas. Creo que volví a caminar solo porque quería volver a bailar. Abajo del escenario me duele todo, pero cuando subo, se me pasa. El 40-90 es un analgésico, dice Elsa.

 

Ellas bailan...

Lo hacen desde aquel día de 1996 en que a Elsa Agras se le ocurrió que todos podemos hacerlo, por qué no, si es como un juego. Y entonces soñó con un ballet de mujeres adultas que nunca antes hubieran bailado. Elsa tenía 70 años.

Mandó a imprimir unos volantes, los puso en el diario del domingo y pidió prestado el salón del bar “El Taller” de Plaza Serrano. A la primera cita llegaron dos señoras de trajecito sastre y entonces Elsa pensó: “¿Y ahora qué hago?”

Hizo lo que mejor sabía hacer, lo que hacía desde los 16: enseñar a bailar.

Y las mujeres de trajecito sastre enseguida fueron cuatro, y después diez y ahora son 60 y otras 200 en lista de espera, que periódicamente llaman ansiosas para preguntar si se hizo alguna vacante que les permita pertenecer.

“Yo no armé el 40-90, el 40-90 me fue pidiendo 'armame'”, decía Elsa.


Ella bailaba...

-Un, dos… un, dos, tres -marcaba los pasos sentada en una silla, porque sus piernas ya no la sostenían.

Se enojaba a golpe de bastón cuando las bataclanas no respondían a sus expectativas.

Desde el inicio, supo lo que quería: no un grupo de señoras que se entretuvieran bailando como quien va un par de veces por semana al gimnasio. No. Elsa quería otra cosa: bailarinas profesionales, excelencia, dedicación.

Elsa era brava. No perdonaba.  

- ¿Y a vos qué te pasa?

-Es que tengo la cabeza en otro lado. Mi marido está internado, tuvo un infarto.

-Bueno, pero ahora estás acá. Si viniste es para bailar.

Elsa fue así hasta el final, exigía entrega absoluta, la misma que ofrecía ella: en 2014, terminó una coreografía del espectáculo Te lo bailo de taquito internada, dio las últimas instrucciones desde la cama, se aseguró de que todo estuviera encaminado y recién entonces partió, un día después del estreno, a los 90, un 9 de agosto.

“¡Aprendan a volar, sueñen con los pies!”. Su legado resultó indestructible.


Ellas siguieron bailando…

A pesar del duelo y la desorientación. Al principio, el marido de una de las participantes, médico cirujano, grabó el show cada viernes para que pudieran mirarse y hacer las correcciones que Elsa ya no podía. Al año siguiente, Gaby Goldberg se hizo cargo de la dirección. Y el Ballet 40-90 se convirtió en sociedad civil, siguió ensayando duro, montando espectáculos de agosto a diciembre, cosechando críticas favorables, ganando premios. Cada vez más profesionales. Cada vez más cofradía. Demostrando año tras año que el arte es, sin duda, un motor de transformación personal y comunitario.

Las bataclanas invaden el escenario al ritmo de Movidito, movidito.  En media hora empezará la última función de Quien nos quita lo bailado, el espectáculo de 2017. En la puerta del teatro Empire el público hace cola para entrar, mientras ellas cumplen con rituales y cábalas: precalentamiento al ritmo de cuartetazo y cumbia; Sadi que espía a través del telón y relojea cuánta gente va ocupando butacas; y el grito final de: ¡Hoy vamos a bailar de puta madre!

Antes, Gaby Goldberg improvisa una breve arenga:

-No se trata solo de bailar, es saber también que uno pertenece a un lugar a pesar -o por suerte- de las diferencias-, dice.

- ¿Cómo manejan las diferencias? -, le pregunto unos días después, en la sala de ensayo de la avenida Avellaneda. Justo en ese instante se acerca Marta a darle un beso.

- ¿Ves? Ella, por ejemplo, está sorda. ¡Y no sabés cómo baila!, me dice Gaby.

- ¿Cómo hace?

-Está muy atenta a los demás. Ese es otro tema, la comunión: si estás con los otros, bailás mejor, afinás mejor. Marta no escucha. Otra señora no ve de un ojo, otra está mal de la cadera. Hay más altas, más bajas, más abiertas, más inseguras. Mi rol es lograr que cada una alcance su nivel más alto. Muchas veces ellas creen que no van a poder hacer lo que yo estoy pidiendo. Y pueden.

Gaby las mira, mira las posibilidades de cada una.

La mirada de los otros no es menor.

-A esta edad ya nadie te mira. Vivimos en una sociedad que no tiene mirada para los grandes -reflexiona Gaby-. El 40-90 les da visibilidad. Y entonces uno se pregunta: ¿qué sucede primero: que ellas explotan para que las miren o que al ser miradas explotan? Tienen una riqueza individual muy fuerte... En el teatro las vienen a mirar. Los maridos están orgullosos de que sus mujeres estén acá.

Recuerdo entonces lo que me contó Elsa:

-Mi marido nunca me vino a ver al teatro. Y cada vez que yo le quería mostrar un video, me decía "después", y nunca los miraba. Pero al poco tiempo que murió, un día fui a levantar su oficina, y encontré una caja adonde había guardado recortes con todas las notas publicadas sobre el ballet, fotos de diarios y revistas. Nunca me había dicho nada.

O la anécdota de Nora, hace años ya, a la salida de su tercer ensayo:

-Mi marido me vio aparecer en la vereda y me dijo: "¡Si vos te vieras la cara con la que salís de este lugar...! ¡Te pido por favor que nunca dejes de bailar!"


Ellas bailan…

Como la Maura, como Victoria Abril

Un poco lista, un poquitín boba...

Suena la canción de Sabina y ellas se transforman en chicas Almodóvar: medias de red, minifalda, botas bucaneras, cigarro con boquilla. Sensuales, sexys.

Sobre el escenario, las bataclanas son tan libres y temerarias como los personajes acuñados en los ochenta por el cineasta español.

-Un año bailamos con embudos como corpiño y espumaderas con lentejuelas como conchero. Otra vez hicimos Para enamorarte bien de Rafaella Carrá usando minifalda y cuando nos levantábamos la pollera, llevábamos bombachas con ositos de peluche cosidos adelante y un corazón rojo en la cola. ¿¡Vos te imaginás 20 mujeres que de golpe se levantan la pollera y tienen un osito de peluche!?… Si te lo cuentan decís: ´¡Cómo voy a hacer eso!

Y sin embargo… ellas bailan.

-En el fondo todas tenemos un poco de prostitutas. Elsa me enseñó a hacer de borracha y de prostituta. Sola, en el escenario, hice de madama, con una botella de champán de dos litros y la bata de raso de mi noche de bodas. Mi nieto, que hoy tiene 17 años, me gritaba desde la platea: “¡No tomes abuela, no tomes!”- cuenta Elsa, que de niña quiso ser bailarina, pero su padre decía: "¡Eso es cosa de locas!".

Como Pepi, como Luci como Bom.

Venderle al Garbo mis secretos de alcoba...

Miro a las bataclanas sobre el escenario mientras bailan como las de Almodóvar y pienso qué pasará después con sus hombres -esos que ahora las miran desde la platea- cuando llegan a casa.

"Las esperan calientes... y cuando hablo de calientes hablo de todo. El ballet transforma locamente al espectador. La gente llega a ver algo simpático y con amor y descubre un espectáculo profesional. Esto calienta en todos los aspectos: da ganas de subir al escenario, de agradecer. Las bataclanas despiertan muchas cosas", dice Gaby.


Ellas bailan...

Y contagian, como si inocularan un virus.

Un virus transgresor, un virus que -como decía Elsa Agras- ayuda a descubrir un mundo en el que todavía hay cabida.


Andrea Rodríguez