Olga Orozo, un relámpago invisible

“Yo escribo con una piedra en la mano, una piedra de San Luis en una mano y otra de Sicilia en la otra; claro que no puedo escribir con las dos piedras, pero las tomo alternativamente; una de San Luis que es donde nació mi madre y una piedra de Capo Dorlando de Sicilia donde nació mi padre. Y a veces tomo una piedrecita negra que me dió un chico del que estuve enamorada cuando tenía 6 años. Yo siento a las piedras, las siento latir como si tuviera un corazón de pájaro en la mano”.

Olga Orozco dejó escrito este texto sobre su mesa de trabajo poco antes de una intervención quirúrgica a la que no sobreviviría cuando murió el 15 de agosto de 1999. Tenía entonces 79 años y se había constituído en una de las voces más certeras de la poesía argentina: una figura mítica arrancada a la geografía árida de La Pampa como un fruto irredento o el brillo de un relámpago en el medio de la noche más profunda.

Artista y hechicera de la palabra hizo fluir el trance onírico sobre el paisaje natural constituyéndose en una de las grandes surrealistas latinoamericanas junto a pintoras como Leonora Carrington, Remedios Varo o la misma Frida Kahlo. En 1980 el Fondo Nacional de las Artes la reconoció con el Gran Premio y en 2021 se ha decidido que el Primer Premio de Poesía del Concurso de Letras del FNA sea otorgado en su nombre.

Orozco llegó al mundo como Olga Nilda Gugliotta el 17 de marzo de 1920 y en Toay, una ciudad nombrada por la etnia mapuche a diez kilómetros de Santa Rosa que para su fundación en 1894 formaba parte de eso que el Estado argentino llamaba “desierto”. Marcada por los rasgos desolados de ese caserío aturdido de horizonte la joven Olga pasará su adolescencia en Bahía Blanca donde será iniciada en los secretos de la palabra por las historias de apariciones que le transmite su abuela María Laureana y el aprendizaje de los signos del tarot. Formada por la lectura de San Juan de la Cruz, Rilke, Rimbaud y Baudelaire, consigue en 1946 que la editorial Losada le edite su primer poemario: Desde Lejos. Es el comienzo de una escritura misteriosa que se extiende hasta los años 90 cuando publique Con esta boca en este mundo (1995) y se cierre un capítulo notable para la literatura argentina y latinoamericana. Entre Alfonsina Storni y su amiga Alejandra Pizarnik, la hechicera pampeana atraviesa el canon masculino para desplazar a la figura estereotipada de la poetisa de la que ella misma abjuraba: “Quienes hablan de literatura femenina han aceptado la discriminación. La poesía es a secas, nadie habla de una poesía masculina. Creo que la poesía femenina era la de las mujeres de otro siglo que la tomaban como una catarsis, un vuelco sentimental, un estilo de puntillas y desmayos. Para mí la poetisa es casi un género literario” le decía a Jorge Boccanera en 1998.

Y es que Orozco participaba del cenáculo surrealista argentino a la par de Oliverio Girondo, Xul Solar o Juan Battle Planas. A la manera de un autorretrato escribió un poema llamado “Olga Orozco” donde decía cosas como esta:

“Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe, el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones, y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron”
.

Como Fernando Pessoa, la Orozco fue otras y otros, muchos. Mónica Videla se hizo llamar en Radio Splendid cuando hacía radioteatro y la multiplicidad de heterónimos explotó en sus años de redactora para la revista Claudia. Allí fue Valeria Guzmán (consultorio sentimental), Martín Yanez (crítica literaria), Sergio Medina (artículos sobre Hollywood), Richard Rainer (esoterismo), Elena Prado y Carlota Ezcurra (vida social), Valeria Charpentier (crónicas de viajes) y otra vez Videla pero Jorge (el destino signaría este seudónimo con sangre) para las notas de interés masculino. Desde el anonimato se encargaría entre 1968 y 1974 del Horóscopo de Clarín, cerrando una larga relación con la prensa escrita.

Su primer marido Miguel Angel Gómez la vinculó al ambiente poético de Buenos Aires a través de la revista Canto de la que fue colaboradora pero el gran amor de su vida fue el arquitecto Valerio Peluffo con quien se casó en 1965 y con quien convivió hasta su muerte en 1990. Para él fueron los versos de “En la brisa, un momento”:

“Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel /esa larga fisura por donde te fuiste, /ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir, /acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca, /como después del paraíso que perdimos, /y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres, /esos que solamente Dios conoce, /y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia /cubriendo las respuestas que callamos, /incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma”.

Atrapar en el papel la voz indómita de Orozco es un recurso limitado pero el único del que disponemos. Su obra completa se encuentra en el volumen editado por Adriana Hidalgo en 2012 precedido por antologías como Relámpagos de lo invisible (1998) y El Jardín posible (2009).


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